Hay veces que crees que estás dando una segunda oportunidad a alguien y acabas descubriendo que la oportunidad también era para ti.
Ney tiene catorce años.
Es un pointer con cara de braco, alto, con el pelo negro y esas pintas blancas que parecen dibujadas sin demasiado orden, pero que a él le sientan de maravilla.
Lo adoptamos cuando tenía cuatro años, en la Protectora de Animales de Navarra.
No buscábamos un cachorro. Tampoco el perro más bonito, el más joven o el que tuviera más posibilidades de encontrar una familia.
Buscábamos precisamente lo contrario.
Un perro grande, adulto, con pocas opciones. Un perro de caza que, por alguna razón, había dejado de interesar a quien lo tenía. Uno de esos animales que no suelen encabezar la lista de candidatos cuando alguien va a adoptar un perro.
Un juguete roto.
O, al menos, así lo veíamos entonces.
No sé qué había vivido Ney antes de llegar a nosotros. No sé qué recordaba, qué echaba de menos o qué había aprendido a esperar de las personas. Seguramente nunca lo sabremos del todo.
Pero sí sabíamos que queríamos darle una oportunidad.
Y se la dimos.
O eso creíamos









