Nos gusta imaginar la vida como una rueda.
Trabajo. Familia. Salud. Dinero. Amigos. Ocio. Desarrollo personal.
Dividimos. Medimos. Ponemos una puntuación.
Y entonces intentamos que todo quede equilibrado.
Pero quizá una vida no funcione así.
Hay épocas en las que el trabajo ocupa mucho espacio. Otras en las que la familia lo ocupa casi todo. Hay momentos para aprender, para cuidar, para crear, para parar.
Además, las cosas no están aisladas.
Un cambio de trabajo puede cambiar nuestra salud.
Una conversación puede cambiar una relación.
Una afición puede convertirse en un proyecto.
Una persona puede abrir una posibilidad profesional.
Nuestra vida se parece menos a una rueda y más a una red.
Lo importante no es conseguir que todos los radios tengan la misma longitud.
Es entender las conexiones.
Y preguntarnos cuáles queremos fortalecer, cuáles queremos soltar y cuáles ni siquiera sabíamos que existían.








