—Tenemos que contratar a alguien.
Era la conclusión de la reunión.
El equipo estaba saturado y el trabajo no paraba de crecer.
Parecía evidente.
Hasta que alguien preguntó:
—¿Qué trabajo nuevo necesitamos que haga esa persona?
Silencio.
Empezaron a revisar tareas.
Algunas eran necesarias.
Otras se hacían porque siempre se habían hecho.
Y algunas las hacía el equipo simplemente porque nadie había pensado en otra manera.
La pregunta no gustó demasiado.
No porque fuera mala.
Precisamente porque obligaba a mirar algo que resultaba incómodo.
Una buena pregunta no siempre tranquiliza.
A veces hace exactamente lo contrario.
Nos obliga a mirar aquello que preferíamos no mirar.
Y quizá por eso algunas de las mejores preguntas son también las más incómodas.








