Tenemos una idea.
Nos gusta.
Tiene sentido.
Los números parecen cuadrar.
Y empezamos a hablar de cómo ponerla en marcha.
Pero hay una pregunta que solemos hacer demasiado tarde:
¿Qué tendría que ser verdad para que esto funcionase?
Quizá los clientes tendrían que estar dispuestos a pagar.
Quizá necesitaríamos conseguirlos a un determinado coste.
Quizá tendrían que comprar con cierta frecuencia.
Quizá el equipo tendría que ser capaz de hacerlo.
Quizá alguna de esas cosas todavía no la sabemos.
Y ahí cambia la conversación.
Ya no estamos hablando solamente de una idea.
Estamos hablando de las condiciones que tendrían que cumplirse para que esa idea funcionara.
Porque una buena decisión no empieza siempre preguntando:
“¿Cómo lo hacemos?”
A veces empieza preguntando:
“¿Qué tendría que ser verdad?”








