Tener razón resulta cómodo.
Cuando creemos haber encontrado la explicación de un problema, todo empieza a encajar.
Los datos parecen confirmarla.
Las conversaciones también.
Incluso encontramos ejemplos que la refuerzan.
Y dejamos de buscar.
No necesariamente porque queramos engañarnos.
Simplemente porque, una vez que tenemos una explicación, nuestro cerebro deja de sentir la necesidad de seguir preguntando.
El problema es que una explicación convincente no tiene por qué ser verdadera.
Por eso, quizá una de las preguntas más útiles antes de tomar una decisión sea:
¿Qué tendría que ocurrir para que cambiáramos de opinión?
Si la respuesta es “nada”, quizá no estemos ante una hipótesis.
Quizá estemos ante una certeza.
Y las certezas son muy cómodas.
Hasta que dejan de ser ciertas.








