Cuando alguien llega con un problema, nuestra tendencia suele ser ayudar.
—¿Qué podemos hacer?
Y empezamos a buscar soluciones.
Más personas.
Más tecnología.
Más ventas.
Más reuniones.
Más recursos.
Pero quizá nos hemos adelantado.
Porque todavía no sabemos exactamente qué problema estamos intentando resolver.
Una organización puede pedir una nueva herramienta cuando el problema es un proceso.
Puede pedir más personas cuando el problema es una forma de trabajar.
Puede pedir más ventas cuando el problema es el margen.
Y puede pedir formación cuando el problema está en otro sitio.
Buscar soluciones demasiado pronto tiene un peligro:
podemos convertir una mala definición del problema en una solución perfectamente ejecutada.
Antes de preguntar qué hacer,
quizá convenga preguntar:
¿Qué problema estamos intentando resolver realmente?








