En muchas reuniones defendemos nuestras ideas.
Presentamos argumentos.
Buscamos datos.
Explicamos por qué creemos que tenemos razón.
Pero hay una pregunta que casi nunca hacemos:
¿Qué tendría que pasar para que cambiáramos de opinión?
Si creemos que nuestros clientes quieren algo,
¿qué evidencia nos haría cuestionarlo?
Si pensamos que una estrategia va a funcionar,
¿qué resultado nos haría revisarla?
Si creemos que hemos identificado el problema,
¿qué descubrimiento nos obligaría a volver atrás?
No se trata de tener dudas sobre todo.
Se trata de saber dónde están nuestros límites.
Porque una hipótesis que puede ser cuestionada sigue siendo una hipótesis.
Pero una idea para la que ninguna evidencia puede hacernos cambiar de opinión…
quizá ya se haya convertido en una certeza.
Y las certezas son peligrosas cuando olvidamos que alguna vez fueron preguntas.
“A veces, la mejor manera de avanzar es hacer una pregunta que nos obligue a parar.”








