La empresa me enseñó muchas cosas.
A trabajar con objetivos.
A tomar decisiones.
A convivir con la incertidumbre.
A equivocarme.
A volver a intentarlo.
Pero quizá la lección más importante fue otra:
las decisiones tienen consecuencias.
Una buena idea no es suficiente.
Un buen análisis tampoco.
Hay que decidir.
Y después vivir con lo decidido.
La empresa también me enseñó que los números importan.
Mucho.
Pero que los números no siempre cuentan toda la historia.
Detrás de un resultado hay personas, conversaciones, decisiones, miedos, incentivos y formas de trabajar.
Durante años aprendí a buscar respuestas.
Hoy valoro mucho más aprender a formular las preguntas que nos permiten entender qué hay detrás de ellas.
Quizá por eso no reniego de aquella primera vida.
Al contrario.
Es precisamente esa experiencia la que hoy me permite mirar las organizaciones desde otro lugar.








