Durante muchos años pensé que ayudar consistía en tener una buena respuesta.
Si alguien tenía un problema, intentaba encontrar una solución.
Si alguien tenía una duda, aportaba mi experiencia.
Parecía lógico.
Hasta que empecé a formarme en coaching.
Y descubrí algo bastante incómodo:
que tener una respuesta no significa que sea la respuesta que la otra persona necesita.
Aprendí a escuchar más.
A preguntar antes de aconsejar.
A soportar esos silencios en los que uno siente la tentación de intervenir.
Y, sobre todo, aprendí que una buena pregunta puede hacer más por una persona que una respuesta brillante.
No siempre.
Hay momentos en los que la experiencia y el conocimiento son necesarios.
Pero ahora intento distinguir una cosa de la otra.
A veces alguien necesita que le ayudemos a encontrar una respuesta.
Y otras veces necesita que le ayudemos a encontrar su propia pregunta.
Eso cambió bastante mi manera de acompañar.








