Hay decisiones que nos paralizan porque creemos que tienen que ser definitivas.
¿Cambio de profesión?
¿Me hago autónomo?
¿Dejo mi trabajo?
¿Empiezo un proyecto?
Como si cada decisión fuera una puerta que se cierra detrás de nosotros.
Pero quizá algunas decisiones puedan ser experimentos.
Probar una conversación.
Hacer un pequeño proyecto.
Escribir durante un mes.
Hablar con tres personas.
Ofrecer algo a cinco clientes.
Dedicar unas horas a algo que siempre nos ha interesado.
No todo tiene que convertirse inmediatamente en una nueva identidad.
Podemos probar antes de saber.
De hecho, muchas veces sabemos después de probar.
Una posibilidad no es todavía un plan.
Es una pequeña forma de futuro que podemos tocar con la mano.
Y quizá una de las libertades más importantes que recuperamos con los años sea precisamente esta:
entender que decidir algo no significa condenarnos a ello para siempre.
A veces solo significa decir:
«Voy a intentarlo y voy a ver qué descubro.»








