Las pulgas tienen una curiosa capacidad para adaptarse.
Si las ponemos en un recipiente y colocamos una tapa a determinada altura, saltarán hasta golpearse con ella.
Después de un tiempo, dejan de saltar tan alto.
Si retiramos la tapa, siguen saltando por debajo de la altura que aprendieron.
No sé cuánto hay de mito y cuánto de ciencia en esta historia.
Pero la metáfora me interesa.
Porque a las personas también nos pasa.
Nos acostumbramos a determinados límites.
Un sueldo.
Un trabajo.
Una ciudad.
Una forma de vivir.
Una manera de pensar.
Y llega un momento en que ya ni siquiera intentamos saltar más alto.
No porque no podamos.
Porque hemos aprendido dónde está el techo.
A veces llamamos estabilidad a algo que simplemente se ha convertido en costumbre.
Y quizá la pregunta no sea:
“¿Hasta dónde puedo llegar?”
Sino:
“¿Quién decidió dónde estaba mi techo?”








